Semana a cuadros
Tras los tambores y las cornetas, tocaba regresar a Salamanca. Como siempre, los periodos de adaptación o transición son dificultosos, pero este, además de complicado ha sido, y no es para menos, conocidas mis peripecias vitales, bien extraño. He comenzado la semana con Lourdes, esa ínclita seguidora de la claridad intelectual y prístina iluminadora en las ciencias físicas. Ella, y las cosas que he aprendido guiado por su espíritu neo-positivista, han de marcar un antes y un después en mi vida. Ha seguido la semana intentado demostrarme que Unamuno no había colaborado con el fascismo. He tenido, dada la insistencia, que acabar por aceptarlo. Y ha acabado demostrándome una realidad, ser becario en un curso extraordinario puede llegar a ser la más bizarra y completa de las actividades. Todo empezó con prisa y acabó de igual manera. Además de permanecer allí como estatua de sal, cumplía yo muy variados cometidos. En primer lugar, había de garantizar que las mentes que iban a ilustrarnos tuviesen líquido para abrevarse. En segundo lugar había de identificar a esos cráneos privilegiados con carteles. En tercer lugar, era para mí mandato entregar el micrófono a quien, en amenos debates, desease intervenir. Esta ha sido la mejor, pues me hacía sentir, en mi pasear por las butacas, como Isabel Gemio en Sorpresa, Sorpresa. En cuarto lugar, debía contestar con una sonrisa a aquellos inoportunos que preguntaban cuándo se controlaría la asistencia. Ciertamente, a mí mismo me ha costado controlarme ante tantos requerimientos. Finalmente, tenía que repartir los diplomas en los que se nos presenta como presentes a casi la totalidad del curso, objetivo, dado la amenidad de la mayor parte de las conferencias, francamente complejo. Menos mal, que cuando la semana estaba por finalizar, me han puesto delante una preciosa camisa a cuadros marrones, blancos y negros, que cambia todo lo dicho hasta ahora y lo torna en algo parecido a disfrutar de un helado de tiramisú y chocolate en la Plaza Mayor. Magnífico... En fin, como se ha concluido antes, lo que ha sido malo, puede siempre derivar en algo bueno, siempre claro que nos coloquen la prenda adecuada y de que también sea adecuada aquella persona que la sostenga. En este caso, lo era largamente.
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